A
veces confundimos liderazgo con actuar rápido, ejercer control y mostrar
resultados inmediatos. Pero en tiempos de crisis, cuando hay que atender la
emergencia sin olvidar el dolor de las personas, liderar requiere algo más
profundo: detenernos, observar, escuchar diferentes interpretaciones y preguntarnos
desde dónde estamos actuando.
El
terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto dejó tristeza, miedo e incertidumbre
en el suroccidente colombiano. Durante este mes hemos visto distintas
reacciones: quienes quieren estar en todas partes, quienes creen que ya pasó y hay
que avanzar y quienes, en silencio, acompañan el dolor de los más cercanos. Para
muchas personas, esta experiencia significó la pérdida de seres queridos,
patrimonio, sueños y seguridad. Una herida que no se supera en un mes; por eso
liderar no puede limitarse a administrar la emergencia: requiere comprender qué
necesitan las personas y la comunidad para volver a levantarse.
En
este tipo de situaciones se pone a prueba la madurez de quienes tienen poder y
autoridad. Otto Scharmer plantea que dos líderes, en las mismas circunstancias,
haciendo lo mismo, pueden obtener resultados muy distintos; la diferencia está
en la intención, en ese lugar interior desde donde actuamos y desde donde
decidimos a dónde mirar antes de intervenir.
Ronald
Heifetz, director del Instituto de Liderazgo de Harvard, propone resistir el
impulso de precipitarse a la acción. En una emergencia hay que atender rápido a
quienes lo perdieron todo y garantizar mínimos de dignidad. Pero si nos
quedamos atrapados en la inmediatez, olvidamos que la crisis también deja
dolor, miedo, inseguridad y desesperanza.
Liderar
es un experimento constante; no hay fórmulas mágicas ni recetas perfectas. Se
necesita humildad para aceptar que no tenemos todas las respuestas, que las
miradas diferentes suman y que tampoco podemos sostenerlo todo en soledad. Quienes
lideran necesitan apoyo, contención y espacios de cuidado para no confundir
responsabilidad con aislamiento. A veces habrá que ejercer autoridad y tomar
decisiones de urgencia; otras, escuchar y construir juntos la mejor solución.
En
este camino he visto organizaciones que reconocieron la fragilidad de su equipo
humano y les dieron espacio para cuidar a sus familias; otras que pusieron la
productividad por encima de las personas; y otras que se enfocaron en ayudar
hacia afuera sin detenerse a mirar cómo estaban los que debían sostener desde
dentro.
Y es
que, liderar también es estar presente. No se trata solo de llevar ayudas,
tomar decisiones o coordinar respuestas, sino de escuchar, reconocer el dolor y
acompañar. Estar presente es parar, poner atención y enfocarse en lo esencial
que a veces no vemos. Es así como se restaura la dignidad, la confianza y el sentido
de comunidad.
Ejercer
un liderazgo adaptativo en esta crisis exige hacer una pausa y, como propone
Heifetz, subirse al balcón para ampliar la mirada y reconocer que no todos
viven la realidad de la misma manera. También exige ir al lugar donde pasan las
cosas, la periferia como decía el papa Francisco y dejarnos tocar por el dolor
de quienes sufren, para despertar una solidaridad de corazón.
¿Estamos
liderando solo para responder rápido o también para acompañar y recuperar la
confianza? Liderar, en una región herida, no es solo hacer ni mostrar
resultados, es reconocer que somos humanos, que a veces estamos rotos y
necesitamos una mirada más compasiva desde nuestra propia humanidad.
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