Los hilos invisibles de la reconstrucción

 


Acabamos de vivir uno de los episodios más traumáticos de los últimos años en nuestra región y, quizás, en el país. El terremoto golpeó casas, edificios y vías, pero también estremeció algo más íntimo, la seguridad silenciosa que nos permite dormir, confiar y continuar. Por eso, cuando hablamos de reconstrucción, no basta pensar en techos, muros y comida, aunque sean urgentes. También necesitamos preguntarnos cómo reconstruir lo que no vemos: la calma, la confianza, la posibilidad de volver a cerrar los ojos sin miedo.

Tal vez para algunos sea evidente que seguimos afectados; otros pueden pensar que ya pasó y que es hora de volver a la normalidad. Por eso, quisiera invitarlos a mirar esta crisis desde una distinción sencilla y poderosa del psiquiatra Ronald Heifetz: no todos los problemas se resuelven igual. Algunos son técnicos y otros, más complejos, son adaptativos.

Los técnicos son más visibles: un edificio que se derrumbó, vidrios rotos, una fachada caída; estos necesitan expertos, recursos y buena gestión. Los adaptativos en cambio, son los que no se ven: la tranquilidad perdida, el miedo, la confianza rota. No tienen soluciones de manual; requieren cuidado, escucha y una red que sostenga y acompañe. Reconstruir también es rescatar pequeños gestos: la conversación, la rutina, la mano que ayuda sin esperar nada a cambio, la comunidad que se organiza para cuidar. Una ciudad no se levanta solo con obras, sino con vínculos; no solo con materiales, sino con confianza compartida.

El terremoto despertó miedos que tal vez no sabíamos que teníamos o hizo regresar otros que creíamos superados. A veces en la noche se aumenta la sensación de indefensión y cualquier ruido —un crujido, una puerta que golpea, una pequeña vibración— nos devuelve a ese instante. Un miedo que puede convertirse en ansiedad y nos hace sentir que ya no hay un lugar seguro.

Este es un momento para valorar que estamos vivos y también para mirar a quienes tuvieron perdidas grandes; no todos perdimos lo mismo, pero todos fuimos tocados de alguna manera. Si aparentemente no me pasó nada, eso no me exime de reconocer el dolor del otro y acercarme; no para decirle que ya pasó, sino para acompañarlo y mostrarle que el afecto también es un lugar seguro.

Reaccionar en automático y buscar soluciones rápidas puede impedirnos ver más allá de los escombros. En la cultura japonesa existe el concepto MA, la pausa antes de actuar que, en cambio de paralizar, humaniza. Es la que Otto Scharmer propone en el círculo de solidaridad, un momento para preguntarnos y compartir: cómo estamos, qué sentimos y qué necesitamos. Una conexión que nos invita a recordar que reconstruir no es solo reparar lo material, sino cuidar esos hilos invisibles que también se rompieron.

No deberíamos medir la recuperación únicamente por lo que se inaugura o se entrega. También deberíamos preguntarnos: quién volvió a dormir tranquilo, quién pudo hablar de su miedo, quién encontró compañía en medio de la dificultad. Acompañar no es un gesto menor; es una forma concreta de reconstruir.

Mira a tu alrededor y reconoce quién puede estar sufriendo sin atreverse a decirlo; aproxímate con cuidado y con amor. Pregúntate qué hilos invisibles se rompieron en ti. La vulnerabilidad no es debilidad, es humanidad. Quizás, el terremoto nos sacudió para recordarnos que todos necesitamos cuidado, protección y compañía para avanzar, porque nadie se reconstruye solo.


Publicado La Patria 26 de agosto 2026

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