No todo lo que duele hace daño

 

Un viaje reciente me dejó pensando en algo que a veces olvidamos: el pasado no se borra. Hay personas y situaciones que marcan nuestra historia y nunca se van del todo, están ahí de manera silenciosa y en cualquier parte del camino pueden volver a aparecer y abrir una herida que tal vez no había sanado por completo. Como dice el poema de Piedad Bonnett: “Las cicatrices son las costuras de la memoria, un remate imperfecto que nos sana dañándonos. La forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas”.

A veces pensamos que sanar es olvidar, pero hoy, más que nunca, estoy convencida de que no es así. Si dejamos algo pendiente en el pasado, si hubo un evento demasiado fuerte o traumático, puede regresar para recordarnos el camino recorrido o invitarnos a mirar con nuevos ojos aquello que una vez nos hizo daño. Cuando una cicatriz vuelve a doler, no siempre está pidiendo que regresemos al sufrimiento, quizás nos está mostrando una parte de nosotros que quedó escondida, una emoción que no supimos nombrar o una verdad que preferimos dejar en silencio para poder avanzar.

Carl Jung llamó ‘sombra’ a esas partes de nuestra psique que quedaron por fuera de la consciencia porque en algún momento las rechazamos para adaptarnos y seguir avanzando. La sombra no es un problema ni algo de lo que deberíamos sentir vergüenza. Puede ser una gran oportunidad para conocernos más, perdonarnos y reconciliarnos con nosotros mismos. Tal vez nuestra tarea, como personas y como sociedad, no es olvidar, sino mirar sin juzgar: nuestra historia, los recuerdos familiares y las emociones que habitamos, de manera que podamos sentirnos mejor siendo nosotros mismos.

“No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”, dice Piedad Bonnett.  Pensemos que una de nuestras tareas más importantes, en este mundo tan complejo que pide a gritos más humanidad, sería aceptar que el sufrimiento es parte de estar vivos, darnos permiso de sentir y, desde ahí, poder reconocer el dolor de los demás. Hablamos mucho de empatía y solidaridad, pero ¿qué tanto nos permitimos parar, abrazar nuestro propio dolor y sentirnos vulnerables?

La vulnerabilidad es ese lugar donde reconocemos que no solo somos un cerebro que piensa y un cuerpo que actúa, somos, en palabras de Antonio Damásio, “máquinas sentimentales que pensamos” y es en ese espacio de emoción y sentimiento donde podemos construir vínculos cercanos. Muchas personas en consulta dicen: “la vulnerabilidad es debilidad, no quiero sentirme así, necesito ser fuerte”. Pero, como dice sabiamente Brené Brown, la verdadera valentía viene de reconocer y abrazar la vulnerabilidad, nuestra fragilidad, miedo y vergüenza.

Lo que más daño nos hace, individual y colectivamente, es creer que somos todopoderosos, que, con nuestra mente, el conocimiento o incluso con la IA podemos solucionarlo todo. Pero no somos solo pensamiento y acción. Somos sistemas complejos y nuestro bienestar requiere un autocuidado integral: cerebro, respiración, alimentación, movimiento y también trabajo espiritual, silencio y paz interior.

Las cicatrices que se abren son señales del cuerpo para revisar algo pendiente; mirar el pasado con amor, perdonar o descubrir que fuimos más valientes de lo que creíamos. Tal vez no se trate de huir ni de esconderlas, sino de mirarlas con amor, integrarlas y reconocer que somos valiosos y valientes.

Publicado La Patria 15 de julio 2026


Comentarios