El primer puente es interior

 


“Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”. Una frase que popularmente se atribuye a Isaac Newton y que hoy puede ser una advertencia importante para nuestro tiempo: quizás el primer puente sea aprender a mirarnos y mirar al otro con ternura. Basta observar las guerras en el mundo de hoy: Rusia y Ucrania, Gaza, Sudán, Malí o Burkina Faso. 

Parecería que la solución más inmediata que encontramos como sociedad es levantar un muro y armarnos para defenderlo, sin detenernos a reconocer cuántas personas quedan atrapadas en medio de la destrucción.

Pero los muros no solo se levantan entre países. También aparecen en una conversación interrumpida, en una amistad que se rompe por una opinión política, en la incapacidad de escuchar antes de defendernos. Una parte de nuestra humanidad se juega en lo cotidiano. ¿Cuántas veces hemos sido atacados o hemos reaccionado con violencia, sin darnos la oportunidad de entender qué está pasando?

Hace poco me sucedió algo que me dejó realmente sorprendida. Quiero compartirlo porque se conecta con la polarización que vivimos en Colombia: una izquierda y una derecha que, con frecuencia, se ven como enemigas irreconciliables y no como expresiones diversas de una misma sociedad.

Tal vez unos y otros estén equivocados o tengan una parte de razón. No tengo la respuesta. Lo que sí sé es que hace poco alguien se enteró por quién había votado en las elecciones presidenciales, lo tomó como un ataque personal y convirtió esa diferencia en una herida que rompió la relación. Todavía me sorprendo. 

¿Qué pasa en el corazón de alguien que no acepta al otro porque piensa distinto?

¿Quién dijo que quienes votaron por un candidato son malos? ¿O que quienes votaron por el otro lo son? Seguramente, detrás de cada voto hay historias, contextos, dolores y necesidades diferentes. En una columna anterior decía que no dejáramos que el miedo decidiera por nosotros. Creo que el miedo, de un lado y del otro, ha hecho que estemos cada vez más polarizados, incapaces de abrir la mente y el corazón para explorar posibilidades y construir un futuro mejor.

Creo que hoy más que nunca necesitamos llevar a nuestras escuelas, familias y conversaciones públicas la ética de Emmanuel Lévinas, basada en una idea radical de alteridad: reconocer al Otro como un ser absolutamente distinto, irreductible a mis creencias, mis temores o mis certezas. Una ética que no nace de normas abstractas, sino del encuentro cara a cara con la vulnerabilidad ajena que nos recuerda nuestra responsabilidad por el bienestar del prójimo.

Parecería que no vamos en la dirección correcta. Construir una sociedad mejor, un mundo donde podamos convivir con lo distinto, requiere que revisemos las creencias y emociones que nos impiden abrirnos y aceptar las diferencias. ¿Cuántas veces decimos: “es que esa persona es muy distinta a mí”, sin preguntarnos: ¿Qué hay detrás de lo que dice? ¿No será que yo también soy distinto para él? Mientras no nos atrevamos a explorar lo que ocurre del otro lado, seguiremos levantando muros en lugar de tender puentes.

Decía Carl Rogers que solo cuando me acepto puedo cambiar. Quizás por ahí empieza todo: mirarnos primero con honestidad y ternura

¿Cuáles son los muros que necesitamos derrumbar? ¿Qué heridas necesitamos sanar para tender puentes?

Publicado La Patria 29 de julio 2026


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