Como
dice Mafalda con una curita en la mano: “¿Cómo hace uno para ponerse esto en el
alma?”. En estos días siento algo parecido: dolor de patria. Me duelen la
polarización, el miedo y el odio que circulan alrededor. Me pregunto cómo vamos
a atravesar estas tres semanas antes de la segunda vuelta presidencial sin
rompernos por dentro.
No
es una sensación aislada. Datos de Our World in Data muestran que
Colombia llegó a 1,89 en el indicador de polarización política de 2025, con un
deterioro importante frente a 2023. Más que una cifra, esto describe algo que
ya vivimos; cuando la política deja de ser una expresión de ideas y se vuelve ataque,
el otro se convierte en una amenaza.
Aquí
hay un riesgo para la salud mental: vivir en alerta permanente consumiendo
discursos que generan miedo, rabia o desprecio, nos mantiene en
hiperactivación. Pensamos peor, escuchamos menos y reaccionamos más. La
polarización afectiva de “nosotros contra ellos” no solo deteriora el debate
público, también desgasta vínculos, aumenta la ansiedad y nos roba resiliencia;
nuestra capacidad de atravesar las crisis sin endurecernos, abrazando la
vulnerabilidad y manteniéndonos humanos.
Esto
se refleja en situaciones cotidianas que deterioran las relaciones: familias
que evitan ciertos temas para obviar el conflicto; amistades que se enfrían por
una discusión política, grupos de WhatsApp que se vuelven cadenas de
indignación. También lo veo en mí: la tentación de responder de inmediato, el
cansancio de mensajes escritos que alimentan el miedo, el esfuerzo por cuidar
mi paz interior en medio de esta tensión. Claro que la política importa, pero
cuando invade todos los espacios nos pasa una factura emocional demasiado alta.
Tal vez por eso, durante estos días, una forma de cuidado democrático sea también el cuidado emocional. Bajar el volumen no significa desentenderse; significa elegir mejor cómo participamos. Como decía Hannah Arendt, “la pluralidad es la ley de la Tierra”; convivir con otros distintos no es un problema por resolver, sino la condición de la vida en sociedad. Podemos informarnos sin intoxicarnos, discutir sin humillar, hacer pausas antes de compartir lo que nos molesta y recordar que no todo desacuerdo es una amenaza existencial.
Tal vez, la
verdadera fortaleza no está en hablar más o más fuerte, sino en conservar la
lucidez, proteger los vínculos que importan y no dejar nuestras reacciones en
manos del miedo y la rabia.
“La tarea que debemos proponernos no es
sentirnos seguros, sino ser capaces de tolerar la inseguridad” anotaba Erich
Fromm. Hoy podríamos ver esta frase como un llamado psicológico y ético; no
podemos eliminar la incertidumbre, pero sí elegir cómo atravesarla. Puede que
nuestra tarea en las próximas semanas, no sea convencer a todo el mundo, sino
cuidarnos del odio, verificar antes de compartir, poner límites a la
intoxicación informativa y sostener conversaciones difíciles sin volverlas una
guerra.
Me gustaría invitarlos a defender la democracia empezando por nosotros: cuidar la mente, el lenguaje y los vínculos. Una sociedad no se sostiene solo por sus instituciones, sino también por la forma en que gestiona sus desacuerdos. Un país no se rompe solo en las urnas; también se resiente cuando el miedo reemplaza la conversación y el odio dicta la manera en que nos miramos.
Necesitamos
estar conscientes y preservar la lucidez sin perder nuestra humanidad.
Publicada La Patria 3 de junio 2026
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