Vivimos
tiempos de gran inestabilidad económica, social y política, y los datos parecen
confirmarlo. Sin embargo, más allá de las cifras y los titulares, quizá nuestra
mayor dificultad no sea la incertidumbre en sí misma, sino la manera en que la
enfrentamos: con miedo, ansiedad y una permanente necesidad de control frente a
aquello que, por definición, no podemos prever.
El
Índice de Incertidumbre Mundial (WUI) del Fondo Monetario Internacional y la
Universidad de Stanford, alcanzó en febrero de 2026 un máximo histórico de
106.862 puntos, superando ampliamente los niveles registrados durante la pandemia
de COVID‑19 y la crisis financiera de 2008. Este indicador refleja la
frecuencia con la que aparecen la palabra “incertidumbre” y términos asociados
en los informes trimestrales de 143 países, basándose en la evaluación de
riesgos económicos, políticos y financieros reales, no en el ruido de redes
sociales ni en percepciones subjetivas del consumo.
El
aumento se considera muy significativo y evidencia una inestabilidad profunda
que involucra múltiples dimensiones: tensiones geopolíticas y económicas,
polarización social, debilitamiento institucional y desinformación. A esto se
suman fenómenos sociales como la crisis del empleo juvenil, el riesgo hídrico
asociado a sequías e inundaciones y el retroceso del Índice de Desarrollo
Humano, como consecuencia del deterioro en la calidad de vida global.
En
Colombia atravesamos una situación similar. El Índice de Incertidumbre de la
Política Económica (IPEC), elaborado por Fedesarrollo, se ubicó en 252 puntos
en marzo de este año, 30 puntos por encima del registro de marzo de 2025,
acumulando 90 meses por encima de su promedio histórico entre 2000 y 2019.
No
hay duda de que estamos en tiempos de alta incertidumbre, marcados por la
dificultad de prever qué ocurrirá en el futuro. La palabra incertidumbre
proviene del latín incertitudine y se refiere a aquello que no puede
determinarse con certeza. Lo que no controlamos ni anticipamos suele despertar
ansiedad, angustia e incluso rabia. Ahora bien, ¿qué pasa si aceptamos que no
todo está bajo nuestro control y que la incertidumbre es una constante en la
vida?
Una
antigua historia china ilustra esta idea. Un anciano campesino recibe
inesperadamente un caballo salvaje que entra en su establo. Los vecinos
celebran su buena suerte; él responde serenamente: “¿Buena suerte? ¿Mala
suerte? ¡Quién sabe!”. Al día siguiente, el caballo escapa y los vecinos
lamentan su desgracia. Días más tarde, el animal regresa acompañado de una
manada. Luego, el hijo del campesino sufre un grave accidente al intentar
domarlo y, finalmente, por sus heridas, no es reclutado para la guerra. Ante
cada giro de los acontecimientos, el anciano repite: “¿Buena suerte? ¿Mala
suerte? ¡Quién sabe!”.
Esta
historia nos recuerda que los acontecimientos no son buenos o malos en sí
mismos; es nuestra interpretación la que los carga de sentido. Podemos
reaccionar impulsivamente ante la primera señal o hacer una pausa, revisar los
hechos y darnos la posibilidad de comprender más allá de nuestras propias
creencias para descubrir nuevas posibilidades.
El
filósofo alemán Martin Heidegger afirmaba que los seres humanos estamos
“arrojados” a un mundo que no elegimos, a una época marcada por riesgos e
incertidumbres. Desde esta perspectiva, la incertidumbre no es un error del
sistema ni algo absurdo de la época, sino una condición inherente a la
existencia. Frente a ella, Heidegger no propone evadirla ni dominarla, sino
cultivar la serenidad: una forma de habitar el mundo que reconoce los límites,
acepta lo que no puede prever y se mantiene abierta a las posibilidades.
Tal vez, en un momento como el que atraviesa Colombia, esta sea una invitación necesaria: mirar lo que pasa con sentido de realidad, sin pesimismo paralizante ni optimismo ingenuo. Estamos a pocos días de la primera vuelta presidencial; no todo está decidido y nuestras acciones cuentan. Informarnos, reflexionar y asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos es una forma de responder con serenidad.
No podemos controlar el rumbo del mundo ni las decisiones de otros,
pero sí podemos hacernos cargo de nuestra forma de interpretar y reaccionar. En
tiempos de incertidumbre, la serenidad no es resignación, sino una elección
consciente sobre cómo estar en el mundo.
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