En algunos
sitios, los árboles han dejado de dar fruto porque el clima se ha vuelto
incierto y porque estamos abandonando la tierra. Algo parecido nos pasa como
humanidad: cada vez nacen menos niños, como si sembrar vida fuera demasiado
riesgoso y dudáramos de la fertilidad de la tierra.
Al nivel mundial, la tasa de fecundidad pasó de 5 hijos por mujer
en 1960 a 2,2 en 2025, según el UNFPA. La tasa de natalidad cayó de 32
nacimientos por cada 1.000 habitantes en 1960 a 16 en 2023, de acuerdo con el
Banco Mundial. En Colombia, en 2024 nacieron 445.011 bebés, una reducción del
13,7% frente a 2023 y del 32,7% frente a 2015, según el DANE.
La esperanza de vida mundial tuvo una caída histórica durante la
pandemia de COVID‑19 con una reducción de 1,8 años entre 2019 y 2021, según la
OMS. Hoy se ha recuperado parcialmente: 76,3 años para las mujeres y 71,5 para
los hombres, de acuerdo con el IHME. En Colombia, alcanzó los 77,5 años en
2024, reflejando un envejecimiento acelerado. Este descenso en la natalidad y
el aumento de la esperanza de vida nos muestran un cambio demográfico sin
precedentes: somos una humanidad que envejece, con menos jóvenes y más adultos
mayores, lo que redefine cómo imaginamos el futuro.
En medio del período electoral que atravesamos en Colombia, el
ruido de encuestas, discursos y redes sociales puede alimentar el miedo y la desesperanza.
¿Cuántos estamos cansados de ver noticias y escuchar agresiones de lado y lado?
Sin embargo, no tiene sentido rendirnos antes de empezar; nuestras decisiones
deben contribuir a sembrar esperanza y construir un país donde valga la pena
proyectar futuro.
La esperanza se alimenta con nuestra actitud, con la capacidad de
imaginar un mañana mejor y, sobre todo, con acciones conscientes que aportan a
un propósito colectivo. La caída de la natalidad no es solo un dato: refleja
una esperanza que se desvanece. Cuando las personas sienten que el futuro no es
viable, deciden no traer nuevas vidas al mundo. Necesitamos diferenciar entre
una esperanza ingenua, que niega la dificultad, y una esperanza consciente, que
reconoce la realidad y asume la responsabilidad para transformarla.
Las estadísticas y los sondeos no pueden definir nuestra esperanza.
Kierkegaard decía: “La esperanza es pasión por lo posible”. Necesitamos
confiar en que nuestras acciones sí hacen la diferencia. La esperanza es una
semilla que plantamos inclusive en tierra árida, porque creemos que mientras
estemos aquí podemos hay posibilidades, de hacer algo juntos para construir un
futuro mejor, un mundo más humano y solidario.
“Que tus elecciones reflejen tus esperanzas, no tus miedos” le decía Mandela al pueblo sudafricano. No podemos pararnos en el lugar de la víctima, dejándonos llevar por el ruido y la desconfianza. Recordemos las palabras del premio Nobel Ilya Prigogine:
“Cuando un sistema
complejo está lejos del equilibrio, pequeñas islas de coherencia en un mar de
caos tienen la capacidad de desplazar todo el sistema a un orden superior”.
El cambio demográfico nos recuerda que la esperanza no puede ser ingenua; necesitamos decisiones conscientes que hagan posible un mundo donde valga la pena nacer, crecer y envejecer. Nosotros, en nuestros espacios familiares, académicos, laborales y comunitarios, podemos abrir la puerta a un nuevo comienzo. Que nuestras elecciones reflejen confianza en la vida y en un mundo mejor.
Publicado La Patria 20 de mayo 2026
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