Cuidado con el capataz

 

En un valle dividido por un río había dos aldeas. Al norte, “Autocracia”, con un solo líder: el Capataz. Decidía qué se sembraba, a qué hora se dormía y hasta de qué color se vestían. Todo se veía impecable; nadie subía la voz y todos caminaban mirando al piso. Había orden, pero no libertad. Al sur, “Democracia”, las decisiones se discutían en la plaza. Costaba ponerse de acuerdo; había desorden y quejas, pero la gente sentía que ese era su lugar. Podían cambiar a sus representantes y, sobre todo, podían hablar.

Cuando llegó la sequía, en Autocracia el Capataz ordenó cavar un túnel. Fue rápido, pero se derrumbó: nadie se atrevió a decir que el terreno era inestable. En Democracia discutieron durante horas, hasta que escucharon a una anciana que conocía el río. Diseñaron un sistema de canales. Tomó más tiempo, pero el agua llegó a todos.

Los datos recientes sobre calidad democrática apuntan a un deterioro global. Lo muestran mediciones distintas: V-Dem Institute (Democracy Report), Freedom House (Freedom in the World), International IDEA (Global State of Democracy) y el Democracy Index (The Economist Intelligence Unit). Traducido a la vida real: más gente viviendo bajo regímenes autoritarios, menos libertad de prensa y contrapesos institucionales cada vez más débiles. En varios países el autoritarismo va ganando terreno, poco a poco, empujado por el populismo y el caudillismo; y eso se traduce en más desconfianza en las instituciones.

Estas mediciones tienen en cuenta diferentes indicadores o “termómetros”: 

  • Libertad de expresión y de prensa;
  • Calidad de las elecciones;
  • Independencia judicial y respeto al Estado de derecho, entre otros. 
Esto quiere decir que, cuando el poder se concentra —en el Ejecutivo o en cualquier actor— y el Congreso y la justicia dejan de ser contrapeso, el sistema se vuelve frágil. Vale la pena recordar al economista Amartya Sen cuando dice: “Nunca en la historia del mundo se ha producido una hambruna en una democracia que funcione”. Podríamos decirlo así: cuando hay prensa libre, oposición real y elecciones limpias, a los dirigentes les toca escuchar o corregir. Además, si se deterioran los derechos civiles, lo que se destruye no es una idea: es la vida cotidiana de los ciudadanos, la suya y la mía.

Entonces, ¿qué está amenazando la democracia? La desinformación, la polarización extrema y esa tentación tan humana de entregarle el país a un “salvador” que pide cheque en blanco. Defenderla, sin rodeos, exige tres cosas: medios sin intimidación, justicia independiente y ciudadanía vigilante. No es un tema de unos pocos: es una responsabilidad de todos con el país en el que queremos vivir y el que heredarán quienes vienen detrás.

De aquí a la primera vuelta —y a una eventual segunda— vale la pena hacernos una pregunta simple: ¿queremos un “capataz”, de izquierda o de derecha, que decida por todos, o un liderazgo que escuche, convoque y construya con los demás? En cambio de votar “en contra” del rival de turno, ¿por qué no votar “a favor” de un proyecto de país: con contrapesos, con debate, con reglas claras y con respeto por las diferencias?

El profesor David Cooperrider, desde la Indagación Apreciativa, propone algo que considero valioso: poner el foco en lo que sí funciona para construir desde ahí. Esta podría ser nuestra brújula: votar no por miedo ni por rabia, sino por convicción; no para “castigar”, sino para elegir el país en el que queremos vivir. La democracia no es una orden que se da y se cumple; es un proceso que permite participar y corregir el rumbo sin romperlo.

Los invito a escuchar al jurista Mauricio Gaona https://youtu.be/tDIYMzwMcjg cuando advierte sobre los riesgos de reformas constitucionales hechas para concentrar poder. La pregunta de fondo es: ¿le gustaría vivir en un país donde su voz y sus necesidades cuenten, incluso cuando incomoden al gobernante? Para eso, más que “fe”, necesitamos hábitos democráticos: 

  • Informarnos mejor;
  • Exigir propuestas;
  • Cuidar la independencia de jueces y del Congreso;
  • Defender una prensa que pueda preguntar sin miedo. 
Si el poder no puede ser cuestionado, no es liderazgo: es el capataz. Y ya sabemos cómo termina.

Publicado La Patria 8 de abril 2026


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