En un valle dividido por un río había dos aldeas. Al norte,
“Autocracia”, con un solo líder: el Capataz. Decidía qué se sembraba, a qué
hora se dormía y hasta de qué color se vestían. Todo se veía impecable; nadie
subía la voz y todos caminaban mirando al piso. Había orden, pero no libertad.
Al sur, “Democracia”, las decisiones se discutían en la plaza. Costaba ponerse
de acuerdo; había desorden y quejas, pero la gente sentía que ese era su lugar.
Podían cambiar a sus representantes y, sobre todo, podían hablar.
Cuando llegó la sequía, en Autocracia el Capataz ordenó cavar un
túnel. Fue rápido, pero se derrumbó: nadie se atrevió a decir que el terreno
era inestable. En Democracia discutieron durante horas, hasta que escucharon a
una anciana que conocía el río. Diseñaron un sistema de canales. Tomó más
tiempo, pero el agua llegó a todos.
Los datos recientes sobre calidad democrática apuntan a un deterioro global. Lo muestran mediciones distintas: V-Dem Institute (Democracy Report), Freedom House (Freedom in the World), International IDEA (Global State of Democracy) y el Democracy Index (The Economist Intelligence Unit). Traducido a la vida real: más gente viviendo bajo regímenes autoritarios, menos libertad de prensa y contrapesos institucionales cada vez más débiles. En varios países el autoritarismo va ganando terreno, poco a poco, empujado por el populismo y el caudillismo; y eso se traduce en más desconfianza en las instituciones.
Estas mediciones tienen en cuenta diferentes indicadores o “termómetros”:
- Libertad de expresión y de prensa;
- Calidad de las elecciones;
- Independencia judicial y respeto al Estado de derecho, entre otros.
Entonces, ¿qué está amenazando la democracia? La desinformación, la
polarización extrema y esa tentación tan humana de entregarle el país a un
“salvador” que pide cheque en blanco. Defenderla, sin rodeos, exige tres cosas:
medios sin intimidación, justicia independiente y ciudadanía vigilante. No es
un tema de unos pocos: es una responsabilidad de todos con el país en el que
queremos vivir y el que heredarán quienes vienen detrás.
De aquí a la primera vuelta —y a una eventual segunda— vale la pena
hacernos una pregunta simple: ¿queremos un “capataz”, de izquierda o de
derecha, que decida por todos, o un liderazgo que escuche, convoque y construya
con los demás? En cambio de votar “en contra” del rival de turno, ¿por qué no
votar “a favor” de un proyecto de país: con contrapesos, con debate, con reglas
claras y con respeto por las diferencias?
El profesor David Cooperrider, desde la Indagación Apreciativa,
propone algo que considero valioso: poner el foco en lo que sí funciona para
construir desde ahí. Esta podría ser nuestra brújula: votar no por miedo ni por
rabia, sino por convicción; no para “castigar”, sino para elegir el país en el
que queremos vivir. La democracia no es una orden que se da y se cumple; es un
proceso que permite participar y corregir el rumbo sin romperlo.
Los invito a escuchar al jurista Mauricio Gaona https://youtu.be/tDIYMzwMcjg cuando advierte sobre los riesgos de reformas constitucionales hechas para concentrar poder. La pregunta de fondo es: ¿le gustaría vivir en un país donde su voz y sus necesidades cuenten, incluso cuando incomoden al gobernante? Para eso, más que “fe”, necesitamos hábitos democráticos:
- Informarnos mejor;
- Exigir propuestas;
- Cuidar la independencia de jueces y del Congreso;
- Defender una prensa que pueda preguntar sin miedo.
Publicado La Patria 8 de abril 2026
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