Sócrates
le pregunta a Adimanto, su discípulo: “Si fueras a emprender un viaje por
mar, ¿quién querrías que comandara el barco: cualquier persona o alguien que
conociera las reglas y exigencias de la navegación?”. Adimanto responde: “Los
expertos, por supuesto”. Entonces, Sócrates hace la pregunta incómoda: “¿Por
qué seguimos pensando que cualquier persona está capacitada para juzgar quién
debe gobernar un país?”
La
respuesta es tan incómoda como vigente: votar no es un derecho mágico que cae
del cielo por el simple hecho de haber nacido. Votar es una habilidad. Como
navegar un barco, operar a corazón abierto o tocar el violín, requiere
conocimiento, comprensión profunda de las corrientes y principios que mueven a
la sociedad. Sócrates abogaba por una política basada en la verdad y en la
virtud personal, más que un simple mecanismo democrático de votación. Dos
milenios después, seguimos actuando como si gobernar una sociedad compleja no
requiriera ninguna preparación.
Si
miramos lo que nos está pasando hoy en Colombia y en el mundo entero, tal vez,
Sócrates tenía razón. No porque la política no deba ser un proceso
participativo, sino porque para elegir bien a nuestros gobernantes, deberíamos contar
con unos mínimos de educación ciudadana que nos permitan ver más allá de los discursos populistas que prometen imposibles y construyen castillos de aire que
muchos confunden con la realidad.
Como
ciudadanos también fallamos cuando la intención de voto, en una primera vuelta
electoral se inclina mayoritariamente hacia un proyecto político que lleva años
diciendo mentiras y comportándose como si siguiera en campaña. Es verdad que llegamos a un gobierno de
izquierda que prometía un cambio en favor de la mayoría, en parte porque la
política tradicional dejó una deuda social demasiado grande. Sin embargo, resulta
difícil entender cómo se pretendía generar un cambio destruyendo lo que, con
todos sus defectos, de alguna manera funcionaba.
El sistema de salud tenía vacíos, pero hoy ya no hablamos de vacíos: hablamos del
riesgo real de quedarnos sin sistema. Bajo el argumento de que las EPS quebraron, la incertidumbre se volvió permanente. Vale la pena preguntarnos cómo
se vino abajo el sistema y qué pasó con los recursos que debían atender a la
poblaciones más vulnerables. La consecuencia no es ideológica, es práctica: la
desinstitucionalización termina afectando principalmente a quienes necesitan
más protección.
Para
completar el panorama, en un momento crítico para el país y para el mundo, la
oposición, que debería dar muestras de serenidad, compromiso y claridad frente
a un proyecto de país que genere posibilidades y esperanza, aparece
profundamente dividida. Definitivamente,
una de nuestras mayores pobrezas es la incapacidad de aprender de nuestros
errores del pasado. Pero, como dijo Julio Cortázar (Rayuela, 1963)“Nada
está perdido si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y que hay
que empezar de nuevo”.
En
este sentido, el grupo de nueve candidatos que decidió presentarse unido a la consulta
interpartidista del 8 de marzo, es una señal de lo que el país necesita. No
necesitamos caudillos ni mesías salvadores que, con una mirada egocéntrica,
sigan dando palos de ciego movidos por su ambición de poder. Necesitamos
proyectos colectivos, serios y responsables.
Si
bien Aristóteles consideraba que la democracia podía derivar en tiranía o
demagogia, también es cierto que el mundo cambió y que el concepto de
democracia ha evolucionado. Hoy la entendemos como un modo de gobierno donde
los ciudadanos participamos en la toma de decisiones en función del bien común.
Como lo expresó Abraham Lincoln, es el “gobierno del pueblo, por el pueblo y
para el pueblo”.
El pueblo somos usted y yo. Tenemos la responsabilidad de elegir bien a nuestros gobernantes, pensando en el país en el que queremos vivir y en el que deseamos para las generaciones futuras. Necesitamos gobernantes honestos, personas íntegras, movidas por una intención genuina de construir un mejor territorio para todos.
La
democracia no fracasa cuando elegimos distinto, fracasa cuando elegimos sin
pensar. Y el país que tendremos mañana depende, inevitablemente, de cuán en
serio nos tomemos esta responsabilidad.
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