Algo se nos está rompiendo como sociedad: cada vez nos cuesta más
aceptar que alguien piense distinto a nosotros. Nos aferramos a nuestras
certezas creyendo que tenemos la verdad, sin reconocer que la forma en que
vemos el mundo está en función de quiénes somos, nuestra historia, nuestras
creencias y nuestros miedos.
Pensemos en algo tan obvio como un cielo estrellado. Durante
siglos, distintas culturas miraron el mismo cielo y vieron cosas distintas: los
griegos veían lámparas colgadas por los dioses; los babilonios, pequeños
orificios por donde se filtraba la luz del más allá. Hoy, sabemos que hay
estrellas, planetas y galaxias. El cielo es el mismo, lo que ha cambiado es
quién lo observa y desde dónde lo hace. ¿Será que nos pasa lo mismo hoy con las
opiniones? Miramos la misma realidad, pero desde lugares totalmente distintos.
Tal vez el mayor desafío que tenemos hoy no es aceptar que existen
opiniones diferentes, sino reconocer que detrás de cada opinión, incluida la
nuestra, hay un ser humano que interpreta las cosas con sus propios filtros, como
decía la escritora Anaïs Nin, que algunos atribuyen al pensador indio
Krishnamurti: “No vemos las cosas como son, sino como somos”.
“Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como
misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el
otro como infierno, el otro como dolor, va desapareciendo” dice Byung-Chul Han.
Expulsar lo distinto genera violencia y autodestrucción. Recientemente, estuve
en un espacio donde surgió el tema de la política y me sorprendió ver la
incapacidad para aceptar que puede haber opiniones distintas a la propia y no
por eso son equivocadas o condenables.
Yo misma he sido ‘víctima’ de ataques agresivos por haberme atrevido a poner un punto de vista diferente en espacios donde algunos se sienten con el derecho a opacar y desconocer la voz de quienes piensan diferente.
¿Cómo vamos a poder resolver problemas tan complejos como los que
estamos enfrentando hoy como humanidad si algunos siguen pensando que tienen la
verdad y que el resto están equivocados?
Eso es lo que está sucediendo en el panorama geopolítico, en
Colombia y en el mundo entero. Es lo que están haciendo los nuevos líderes o
más bien dictadores con título de líderes en el mundo; pero también es lo que hacemos
nosotros cuando nos negamos a reconocer y valorar la diferencia, la otredad o
alteridad, como la denomina el filósofo Emanuel Levinás, la diferencia radical
de cada persona que nos pide ver al otro como un ser con experiencias,
pensamientos y emociones propios.
Practicar la alteridad es recordar que, detrás de un comentario,
una opinión, una mirada del mundo, hay una persona única que nos muestra otra
cara de la realidad. Y, así como el otro es distinto para mí, yo soy distinto
para el otro. Tal vez esta es la ética que estamos necesitando para poder
convivir en medio de la incertidumbre y complejidad que estamos atravesando:
Cuando estamos frente a alguien que piensa distinto, no podemos simplemente
ignorarlo o agredirlo, somos responsables de reconocer su dignidad. Esto pasa
por suspender los juicios que descalifican y darnos permiso de reconocer qué es
lo que ve o siente distinto esa persona.
Quizás, nos sorprenda encontrar historias de vida, contextos y
emociones que hablan de vacíos, sufrimientos y heridas que no se ven a simple
vista. En lugar de ‘ganar una discusión’, deberíamos estar dispuestos a abrir
la mente y el corazón para entrar en un diálogo más constructivo desde la
vulnerabilidad, la empatía y la humildad ¿Cómo vamos a resolver problemas tan
complejos si seguimos creyendo que solo uno de nosotros tiene la razón?
Tal vez no se trate de ponernos de acuerdo, sino de aprender a
convivir con la diferencia sin expulsarla. Reconocer que no vemos el mundo como
es, sino como somos. Este puede ser el primer gesto de humildad que necesitamos
para volver a conversar y, quizás, para empezar a sanar como personas, como
sociedad y como humanidad.
Comentarios
Publicar un comentario