El pasado viernes concluyó la reunión del Foro Económico Mundial en Davos. Una conclusión central del encuentro, que podría parecer obvia, pero que todavía nos cuesta aceptar, es que hemos cruzado un umbral histórico: el viejo orden internacional, con sus reglas claras y certezas ya no existe. En palabras del primer ministro de Canadá, Mark Carney: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”.
Los líderes de las potencias medias están pasando de la
nostalgia del pasado a una propuesta de cooperación y alianzas sólidas basadas
en resiliencia, adaptación y valentía, ya que los valores sin capacidades y la
rivalidad entre naciones no están dando resultados. Al final de la semana, el
mensaje fue claro: Las potencias medias se están preparando para enfrentar
juntos y con los ojos abiertos la incertidumbre global.
La adaptabilidad es una capacidad indispensable para enfrentar nuevas realidades. Sin embargo, es más fácil hablar de ella que practicarla. ¿Por qué es tan difícil? Por una emoción que muchas veces nos negamos a reconocer, el miedo. Reconocerlo no nos debilita. Al contrario, nos permite identificar los riesgos, reconocer qué es importante para nosotros y qué debemos cuidar. En tiempos de incertidumbre, aceptar nuestras emociones es el primer paso para transformar el cambio en oportunidad.
Así como los países buscan alianzas para fortalecer su
resiliencia, nosotros, como individuos y comunidades, necesitamos apoyarnos,
compartir aprendizajes y construir redes de confianza que nos ayuden a navegar
juntos en tiempos de incertidumbre.
Lo viví en carne propia al llegar a la selva. Todo era nuevo para mí, cada acción suponía un riesgo y hacía que siempre me sintiera inadecuada, lo que a veces es insoportable. En momentos así podemos quedarnos en el papel de la víctima o buscar personas sean capaces de ponerse en nuestras circunstancias para darnos una mano y seguir adelante.
Adaptarnos a
un mundo incierto empieza por mirarnos a nosotros mismos para revisar nuestra
relación con el cambio. Aunque nos gusta pensar que somos abiertos y flexibles,
lo habitual es resistirse. No obstante, como decía Darwin, sobrevivimos no por
ser los más fuertes, sino por nuestra capacidad de adaptarnos.
Lo primero que necesitamos hacer cuando nos sentimos abrumados es ‘parar’, no tratar de correr a la velocidad del cambio. Byung-Chul Han dice que, frente a la exigencia de no parar, debemos detenernos y recuperar la vida contemplativa, lo que él llama ‘el arte de demorarse’.
También lo recomienda la neurociencia
para bajar el estrés y mantener la plasticidad del cerebro, parar y respirar de
manera lenta, practicar mindfulness o meditación. El cerebro es
flexible, pero el estrés que acompaña el hacer muchas cosas a la vez y vivir de
afán, hace que esta capacidad se pierda.
La adaptabilidad como todas las competencias humanas es un camino que requiere:
- Hacer una pausa antes de reaccionar;
- Reconocer cuáles son esas creencias que nos hacen rígidos y nos impiden valorar lo distinto;
- Mantener el foco en un propósito inspirador que nos mantenga vivos y con esperanza;
- Estar dispuestos a equivocarnos, ensayar y aprender;
- Practicar la espontaneidad y trabajar la flexibilidad, tanto en nuestro cuerpo como en nuestras emociones y en nuestra mente;
- Tener una actitud positiva, como si ya lo hubiéramos logrado.
Todo puede
ser una crisis o un problema. Hay cosas que no podemos controlar, pero como
decía Viktor Frankl ‘la única libertad que no le pueden quitar a un ser humano,
es la libertad de elegir con qué actitud enfrentar, especialmente las
circunstancias más difíciles de su vida’.
Cuando no hay vuelta atrás, podemos elegir quedarnos en la queja o hacernos cargo y aprender. La libertad de elegir nuestra actitud es, quizás, el mayor poder que tenemos. En última instancia, la actitud con la que enfrentamos el cambio determina nuestra capacidad de adaptarnos y continuar; ver cada desafío como una oportunidad de crecimiento nos ayuda a avanzar, incluso cuando el futuro es incierto.
En este camino, apoyarnos en otros, compartir aprendizajes y
construir redes de confianza se vuelve esencial para navegar juntos la
incertidumbre y transformar el miedo en motor de resiliencia. ¿Y, tú, qué
eliges cuando no hay vuelta atrás?
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